Mi depresión postparto (1ª parte)

A mí, al menos, no se me ocurre ningún sentimiento más difícil de manejar que el de no querer a tus hijos lo suficiente. Me explico..

Acababa de llegar a casa con mi bebé. Era una niña absolutamente preciosa y todos a mi alrededor rebosaban felicidad. Los recién estrenados abuelos y tíos eran abuelos felices, tíos felices y mi marido, un padre absolutamente conmocionado y plenamente dedicado a ese ser que había llegado para trastornar nuestras vidas para siempre. Menos mal que él estaba ahí. Yo en cambio, lloraba. Y lloraba. Pero era normal: un parto largo que termina en cesárea, un nuevo y diminuto ser al que tienes que atender día y noche, un esperado trastorno hormonal y un desgaste físico considerable. Baby blues. Ya había leído sobre eso. En unos días se pasa.

Pero no pasó.

Sí pasaron los días y, como todos los padres, nos tuvimos que enfrentar a los problemas habituales de un recién nacido: para unos que no duerme, para otros que tienen cólicos, para otros, que no funciona la lactancia materna. Da igual. Siempre es duro para todos. Yo dejé de llorar, pero lo que notaba y para lo que no estaba preparada, lo que no había oído mencionar a ninguna otra madre, es que no quería a mi hija lo suficiente. Yo no conseguía emocionarme con esos inmensos ojos azules (¿de dónde los había sacado? ¿de mi abuela?) Y los veía, de verdad que los veía, porque eran los ojos más bonitos que había visto jamás. “Es de anuncio” decían todos.

Esto sólo hacía las cosas más difíciles. Superados los dos primeros meses de mil complicaciones de lactancia, mi hija no sólo era el ser más bonito de la tierra, sino que además dormía bien, no daba la lata, era comunicativa, expresiva y un bebé sano y feliz. Horror. Encima de que tengo la suerte de haberme quedado embarazada sin problemas, de que tengo una niña preciosa y sana, un marido maravilloso y solícito ¿cómo puedo permitirme el lujo de no ser feliz? Soy el ser más desagradecido que existe sobre la faz de la tierra. ¿Es que no sé apreciar la inmensa suerte que tengo? ¿Cómo es posible que sea tan egoísta?

A partir de ahí, aunque tu vida haya dejado de existir, aunque ya no puedas trabajar, no puedas salir con tus amigos, estés fea y gorda, aunque las 24 horas del día tengan que estar dedicadas a un ser absolutamente indefenso, se supone que tienes que ser FELIZ. Y yo era profundamente desgraciada. Ni siquiera me daba cuenta, creía que sencillamente estaba cansada, un poco desbordada, sorprendida ante mi nueva condición de madre. Pero el tiempo vino a confirmar que lo que estaba es deprimida.

Pero si yo no era feliz,  desde luego no iba a  permitir que eso influyera en mi hija. Tenía que darle lo mejor. ¿Qué importancia tiene ver una película en la tele, ir a una exposición, tomarte algo con unos amigos, o cualquier cosa que me apetezca hacer a mí, cuando una vida está en tus manos? Ninguna. Puede que yo no experimente el amor que se supone que tengo que experimentar, pero mi hija va a tenerlo todo. No mimarla, que conste, eso era lo primero a evitar, pero va a tener todo lo que en mis baremos como madre tiene que tener. No lo va a notar.

En mi caso, tuve que dejar un trabajo fuera de mi ciudad para tenerla, así que allí estábamos las dos todo el día juntas. Y cuando los abuelos, tíos y, sobre todo, mi marido perfecto se iban de casa, nos quedábamos solitas, añorando todo ese amor que sin los demás, entre nosotras, se quedaba huérfano. Y así nos manejábamos, ella viviendo todo lo que yo le yo le podía dejar vivir, yo dejando de vivir todo lo que podía.

Y otra vez: ¿Pero cómo puede ser que yo no valore esto? ¿Por qué no me siento realizada a través de una experiencia tan profundamente vital como ésta? De hecho, estoy contemplando la belleza como nunca creí que pudiera experimentarla… Pues no siento nada. Y llega la inmensa carga de la culpa, que es una gran manipuladora. Y cuando sientes culpa intentas suplirla como puedes. El biberón a la temperatura perfecta, el chupete de la marca que le gusta, el horario de comidas calculado… Ahora eres madre y toda la perfección nunca será lo suficiente para compensar falta de amor. Y es que amor, lo que se dice amor (ahora lo sé) no le faltaba, porque yo quería a mi hija más que a nada en el mundo. Pero la culpabilidad de no ser suficiente –a mí lo que realmente me apetecía era irme a tomar una caña- no me permitía disfrutar de la experiencia que, sin duda alguna, es la más fuerte que he sentido jamás.

 

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Comentarios (2)

  • Imagen de Angela

    Muchas gracias por el post, me he emocionado con tu historia.

     

    Yo tuve una experiencia parecida y lo peor fue no verla venir y no estar preaparada y avisada de que podia llegar.  Todo el mundo te dice las cosas buenas pero nadie te previene de las malas, y cuando llegan, te sorprenden y golpean de forma cruel y no sabes a quien recurrir.

    Yo salí adelante pero muy lentamente, espero que te haya ido bien a tí también, estaré atenta a la continuación de tu historia.

     

    un abrazo.

    angela

     

     

    Jul 16, 2013
  • Imagen de Macarena


    Estoy embarazada y apenas había escuchado casos como los vuestros. Gracias por compartirlo, por lo menos ahora estaré alerta a síntomás parecidos. No puedo imaginar lo duro que habrá sido tener ese sentimiento, lo siento mucho por vosotras. Mucha suerte.

     

     

    Jul 17, 2013

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